Sonó el despertador a la misma hora de siempre. Abrió los ojos al primer timbrazo y cuando la máquina iba a entonar el segundo ya había oprimido el botón de apagado. Había descansado, dormido de manera óptima, ocho horas. Le siguió una ducha de cinco minutos, eficaz, concienzuda. Afeitado apurado, milimétrico.
Piernas abiertas de cara al armario. Cinco trajes grises, cinco camisas blancas y otras tantas mudas limpias le dieron silenciosamente los buenos días. Cogió el primer traje de la izquierda, correspondiente a los lunes, se enfundó la camisa, abotonándose los gemelos que extrajo de un estuche gris. Se ató los zapatos, que brillaban relucientes agradecidos del trato exquisito recibido la noche anterior, y empuñó el maletín.
Una mirada al espejo, tan sólo una. Todo en orden. Se encaminó a la parada del metro, la de siempre, a la hora de siempre. Escogió su sitio en el vagón, orientado hacia ningún lado y se sentó, aferrado a su maletín.
"¿Qué llevas ahí?". Aún no se había puesto en marcha el tren y ya violaban su espacio personal. Odiaba con toda su alma las conversaciones triviales, eran ineficientes. Buscó el origen de esa molestia pero no lo encontró.
"¿Por qué eres tan serio?". Ahora sí se dió cuenta que la voz venía de enfrente. Localizó a lo que parecía ser una cara debajo de una explosión rosa chillón que tenía por pelo. Ojos grandes de un raro color violeta le observaban curiosos.
"No soy serio, soy profesional. Y lo que llevo aquí no es de tu incumbencia.
Bajó una vez la mirada hasta posarla en la vestimenta de ese demasiado delgado demonio preguntón. Una camiseta naranja demasiado grande, unos zapatos verdes demasiado verdes, los ojos violeta y el pelo rosa, ofrecían un conjunto ridículo. Le podría haber dado incluso risa, si no fuera por que él nunca se reía. La risa obstaculizaba el trabajo, resultaba ineficiente.
Ella continuó preguntando y él ofreciendo respuestas concisas, breves, irritadas. Esa niña realmente le estaba importunando. Se pasó a su lado del vagón mientras comenzó a contarle una historia sobre una colonia de hormigas que consiguieron unirse y tocar una nube. Luego le habló de leones que comían verduras y de un trapecista que sabía todos los idiomas del mundo.
Al fin acabó la tortura cuando llegó a su destino. No le dijo adiós y continuó su camino. Cumplió su jornada de trabajo, llegó a a casa y se acostó. Eficiente, trabajador, profesional. Un día más del que sentirse satisfecho.
El despertador sonó a la hora de siempre, aunque esta vez la máquina consiguió emitir su sonido tres veces antes de soportar la presión de su mano. Se sentó en la cama, asustado. Había soñado. Era absurdo, no tenía sentido. Él nunca soñaba, no era útil. Imágenes del sueño le venían, nítidas, claras: una playa y una mano agarrada a la suya y dos ojos gigantes color violeta que le miraban y sin palabras le preguntaban cosas sin sentido. Y le hablaban sobre canciones nunca escritas y aviones de papel que llegaban a la Luna.
Apartó las imágenes de la cabeza y se metió en la ducha. Fue corriendo al metro, había tardado más de la cuenta, presentaba un corte en la mejilla por el afeitado y por primera vez en su vida no había conseguido hacerse un nudo de corbata perfecto. Ingresó en el último segundo en el vagón y al segundo se dio cuenta que había olvidado los gemelos en su caja gris y que su traje no era el de los martes si no el de los lunes.
Iba a sentarse en su sitio favorito, mirando a ninguna parte, cuando dos ojos violetas gigantes comenzaron a preguntarle cosas sin sentido.
Y él, que llevaba el traje erróneo, sin gemelos, con un nudo de corbata impresentable, comenzó a reírse a carcajadas de lo más ineficientes.
Y por fin decidió que era el momento. Abrió el obturador permitiendo que entrara la luz suficiente en la lente, ajustó el zoom y apretó el botón. Le supo a cerrar heridas que no sabía que existían y abrir nuevas que siempre debieron existir, a clausura y apertura y, de alguna forma extraña a libertad y a la más pura esclavitud. La que no debió de haber perdido.
La primera cámara fue un regalo de su padre. Una Leica a la que le puso el nombre de Mariluz. La llamaba así porque se atascaba a veces en el rebobinado, y le recordaba a una adolescente caprichosa a la que había que tratar con mucha paciencia. Y la única adolescente que conocía en el pueblo era Mariluz, de la que por supuesto se enamoró tres o cuatro veces.
Ahora descansaba en casa, en un estante, junto a otras muchas, ya retiradas pero que continuaba limpiando y poniendo a punto periódicamente. Como el soldado que mecánicamente afila una espada sin punta. Pero estaba bien así, debía ser así.
Al principio todo era simple. Salir, buscar, encontrar, encuadrar y disparar. Luego el ritual en casa, donde había habilitado el lavadero como improvisado cuarto oscuro. Y el milagro misterioso y mágico de la aparición de las figuras sobre el papel fotográfico.
Ahí iban apareciendo, fielmente, sin contradicciones sin chirridos, tal y como los había proyectado. Mucho más sencillo que en la vida real donde nunca entendió nada ni a nadie.
Su cámara eran las gafas que traducían el mundo a un lenguaje que podía entender. Tal y como él los veía a todos. Los abuelos jugando al dominó, los niños saliendo del agua, las mujeres barriendo las entradas de las casas ataviadas con delantales multiflorales. Y las caras.
Cuando aparecían en el papel les contaban historias. Algunas inventadas, otras reales. Una marca de nacimiento aquí, unas ojeras marcadas allí, y un cabello canoso y bien cuidado por allá. Y su cerebro les improvisaba rápidas biografías mezclando realidad, ficción, colores, texturas, enfoques. No había mentiras, era real. Más real que la propia realidad.
Luego llegó la prostitución obligatoria de vender cada foto. El tener que comer y pagar sus facturas. El fotografiar lo que el periódico, la revista y el galerista compraban. El ponerle títulos a las fotos. El fotografiar periódicamente. Pasó de juego a oficio. Pasó de ponerle nombre a sus cámaras a llamarlas por su nombre.
Más tarde los viajes, los premios, el reconocimiento. Una casa grande, un buen coche. Una existencia cómoda. Y así pasaron años. Y era incapaz de recordar cómo era al principio. Hasta que un día entendió al resto del mundo. Veía el mundo como lo veía el resto de la gente, como estaba establecido que debía ser visto. Y se asustó. Cogió los tejanos viejos, salió de casa sin decir adiós y con la Leica colgada del brazo condujo de noche, sin parar. "Volvemos a casa, Mariluz"
Al llegar, bien entrado el día, fue directo a la playa. Se sentó y respiró bien profundo. El olor a mar le llenó los pulmones y le sacó la sonrisa oculta.
Un niño salía del agua, gritando, de pura emoción. El sol proyectaba sus rayos sobre millones de gotitas que, alejadas de la inmensidad del mar, vivían sobre su piel negra. El cabello mojado le caía sobre dos ojos grandes, azules y extasiados. La ola que venía a morir a la orilla vivía una última vez bajo los pies inquietos del niño, escupiendo espuma blanca, quejándose del pisoteo.
Y por fin decidió que era el momento.
La apatía es un monstruo que nos agarra de los pies y nos impide echar a correr. Te obliga a instalarte en una desidia constante de donde parece que nada te puede sacar. No se sabe exactamente por qué aparece y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, te ha cogido. Cada vez hablas menos, sonríes menos. De repente, en un proceso que autodenominas "redescubrimiento del fuero interno" empiezas a desaparecer. Lo llamas así para tapar tus vergüenzas. Somos los maestros de nuestra propia demagogia. Tenemos a pequeños políticos cabrones en el cerebro que nos mienten una vez tras otra. Y les seguimos votando.
La diferencia entre apatía y rutina es la nota de autocompasión. Hastiado, harto, cansado. Externalizas culpas, es siempre igual. Te cargan, te irritan. Tu existencia parece una sucesión de acciones predeterminadas. Son acciones vacías. Nada te llena, nada te sirve.
Primero haces como si nada. Aquí no ocurre nada. La culpa no es tuya, la culpa es de los demás, las circunstancias, este mundo que te rodea y que tan injusto te parece. Hablas de ti mismo, contigo mismo. Y tu voz interna parece estar enfadada, y no sabes con qué. En cualquier caso llevas razón, siempre la llevas.
Cuando te rodean miles de sonrisas y eres el único con la cara de cartón comienzas a pensar que quizás el problema sea tuyo. Pero eres cobarde y vas poniendo parches. Pones parches provisionales, parches que duran lo que el efecto de unas copas. Al día siguiente, más de lo mismo. Vives la auténtica inercia inerte.
"Estás mustio". Son las palabras que te vienen a la mente mientras te miras al espejo con cara de indiferencia, sin la careta. Quizá alguien se haya dado cuenta y trate de ayudarte. Pero esa es una batalla que se lucha a solas. Y el ruido de la batalla y del chocar de espadas solo existe en tu mente. Apatía versus tú mismo. Estás enganchado a la apatía.
Y detrás la soberbia empuja, susurrándote mierdas al oído, mierdas que tu ego, agigantado en el proceso de la apatía, adora escuchar. Mierdas que hacen que la apatía se convierta en tu estado natural, en tu forma de ver la vida. Apatía y soberbia son los dos aliados perfectos para convertirte en un indeseable. Y como no te des cuenta a tiempo, acabas solo. Bueno solo no. Tienes a tu ego. Disfrútalo.
La autocompasión se va con el tiempo, y acabas odiando y odiándote. La apatía es el camino más corto para sabotear tu propia felicidad. Así que si entras en apatía, pon a dieta al ego, quita esa puta cara de cartón y sal a correr (en sentido literal o figurado). Pero mueve el culo. Que la apatía es una droga que te consume y salir de ella sólo depende de que tú salgas de ti mismo. Además tienes un millón de cosas por hacer. Pero eso ya para otro día.