domingo, 23 de diciembre de 2012

De aromas y conciencias


Supo que estaba en la habitación antes de apretar el interruptor de la luz. El aroma del eterno puro que se asomaba debajo del mostacho, avisaba de su presencia. Debajo del mostacho, se asomaba, como un apéndice inevitable.

Le gustaba imaginar a las personas antes de cada encuentro, una especie de proyección mental de lo que iba a ocurrir. Lo vió, con ese bigote gris amarillento, bigote fiero, mostacho anacrónico. Era una declaración de intenciones, una mata de pelo que hacía las veces de señal de advertencia. Su mostacho te decía miles de cosas según su posición. Finalmente oprimió el botón que daba la corriente y se hizo luz. 

Te lo ibas encontrando poco a poco. Primero el aroma, luego el humo serpenteando seductor, más tarde el propio puro, el mostacho...Mientras sus ojos se acostumbraban al repentino ataque de luz pensó que era una cuestión de irlo descubriendo poco a poco. Era un rostro que había que conocer a base de pistas, una tras otra, un baile entre Sherlock y  Moriarty.

"Anunciaron agua y cayó mierda". Lo dijo con su acento cubano, jugando a bailar con cada una de las palabras. Con los cubanos es común el error de no saber distinguir tonos. Él si sabía y a pesar del acento dulzón, tuvo que tragar un par de veces antes de responder mientras notaba como una única gota de sudor helado, acuchillaba su nuca. "Háblame claro, puto imbécil" Lo dijo con una valentía que no sentía y su interlocutor lo percibió, vaya error de novato.

Una vez más, lento, saboreando cada palabra, y sin siquiera soltar el puro le respondió. Se le veía disfrutar con la situación, era el dueño de un lugar que no era suyo. "Estás bien jodido, compadre. Bien jodido" Una pequeña pausa, una calada grande al puro, manejando el tiempo. "Tienes que aprender que cuando uno jode al Señor Mendoza, el Señor Mendoza le joderá doblemente". Hablaba de él en tercera persona desde que alguien le dijo que Julio César también lo hacía. Maldito zumbado psicópata.

Midió la distancia que había desde su posición hasta la puerta de salida. Calculó que tardaría unos cinco segundos en alcanzarla, demasiado tiempo. QUiso entretenerle: "No puedo hacer lo que me pides, cuestión de lealtades, aunque tú de eso no tienes ni puta idea". Una vez que sabía que estaba todo vendido le daba igual. Pocas cosas había hecho bien en su vida, ahora que tocaba acabarla quería hacerlo en paz con el mundo y consigo mismo. Sin testigos, sin parafernalias. Solos él y su mierda de vida, que estaba allí tranquilamente sentada en forma de puro y de mostacho. 

Luego su mente, siempre dispuesta a jugársela en los momentos clave, empezó a divagar. Y palabras grandes se mezclaban en un diálogo interno. Y redención y oportunidad quedaron como vencedoras en un combate silencioso, de argumentos y contraargumentos. Y cansancio, cobardía y miedo quedaron derrotadas en el rincón oscuro y se fueron a reunir con la envidia, la codicia y otras que tantas veces salieron vencedoras pero que ahora quedaban en el recuerdo para una conciencia que tantas veces pesó tanto que costaba soportarla por las mañanas, cuando el despertador le recordaba con un grito monocorde todo aquello que había querido matar la noche anterior en otro baile, más feo, más sucio, en barra de bar. Whisky y conciencia. Sólo había un bailarín al final de la noche. 

Tantos esfuerzos por olvidar que acabó olvidando quién era. Era el momento de revertirlo, por sí mismo. "No te voy a dar los nombres" ahora sí habló tranquilo. No necesitó de improperios para reforzarse, pues esta vez habló con serenidad, como sólo pueden hablar los que firman su propia sentencia de muerte. Los que eligen el sitio y la hora, y los que mueren con la conciencia de pie. Se acercó a la mesa despacio, cogió un puro, lo puso en sus labios y lo encendió. Ya esta listo.

Mendoza le miró, inicialmente sorprendido, pero luego lo comprendió. Mendoza era una paradoja, pues a pesar de no ser detentor de sentimientos comprendía los ajenos con un simple cruzar miradas. Y en la mirada del sujeto que tenía enfrente vió determinación y tranquilidad. Había gente que sabía morir y eso Mendoza lo apreciaba. Oprimió el gatillo tres veces, dos en el pecho y una a la cabeza. Estuvo contento de mandar a un tipo con esa mirada al otro barrio.

Y le vino a la mente la frase famosa del Comandante. Y entendió que arrodillarse era sólo una cuestión de conciencia. Es ahí donde somos libres o esclavos de nosotros mismos y la mierda, propia y ajena. Mendoza se encendió otro puro. Salió de la casa y apagó el interruptor.

El aroma del puro permaneció.

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