martes, 11 de diciembre de 2012

La sirena más silenciosa del mundo


Cuando su mundo se derrumbaba y la vida parecía caer destrozada en pedazos, Ana siempre acudía al mismo sitio. Era una cala olvidada por los constructores y otros vampiros de la costa, su pequeño rincón del planeta.

Era su salón de juegos y las imágenes de su padre siempre quedarían asociadas a ese lugar, como las olas, las rocas y la arena. Y su olor. Su padre olía a mar y a tabaco. 

Tenía la nariz aguileña, la camisa abierta y la piel negra, castigada por el sol. Y una sonrisa que era la de un lobo.Un lobo que siempre parecía estar jugando. Supuso que otra gente no vió al lobo sonriente, y por un momento sintió miedo.

El juego siempre era el mismo: ella era la sirena y él el pirata bueno que la salvaba de las garras de innumerables y cada vez más exóticas criaturas malignas. A veces recordaba los días según la hazaña que acometieron y eran recuerdos tan reales para ella como cualquier otro. Como aquella vez que por fin consiguieron dar caza, tras una semana de agotadora búsqueda y batalla, a un magnífico ejemplar de dragón marino. Le parecía oír las órdenes de su padre-pirata mientras le clavaba el arpón de acero a la bestia y gritaba de triunfo y júbilo como sólo se grita en los sueños que se viven despierto.

Una salpicadura de agua helada le devolvió al presente. El mar, casi negro en esa época del año, rompía con violencia contra las rocas. Era fuerza y puro movimiento. Ella siempre lo imaginó como una batalla eterna, el mar poderoso,invencible e inflexible, las rocas inamovibles, viejas y firmes. Eran dos guerreros mitológicos y ella una espectadora ocasional que usaba su piel de sirena para que no les atacaran, ella era de los suyos.

Recordaba a su padre allí, la tarde antes de que se lo llevaran. Le habló de gente peligrosa y de deudas, le habló de errores del pasado, fantasmas y remordimientos y de cientos de cosas más. Era incapaz de recordar el qué, sólo recordaba el sonido de su propio llanto, la propia desesperación. Le dijo que cuidara a su madre e intentó que cantaran una última vez la canción del pirata. 

Ana no consiguió entonarla pero a veces le parecía oír la voz grave y atronadora de su padre cuando el mar rugía con fuerza . Ese día la cantó con demasiada firmeza y seguridad. Entonces supo que esa canción no era para ella. Sonó a grito al mar, a desafío del hombre que ya nada teme. Y ahí fue cuando Ana se asustó. Solo cantan así los que ya no esperan.

Quiso, en su inocente visión del mundo, que se escondieran para siempre allí. "Papá nunca nos encontrarán, viviremos aquí y todo será perfecto" "Papá prometo ser la sirena más silenciosa del mundo".

"Joder, joder" No conseguía recordar su cara. Se odió. Cerró los ojos con fuerza, hasta que se hizo daño. Trataba de verle y no podía. Sintió frío. Se subió la capucha de la sudadera y se abrazó. "¿Dónde estás pirata, dónde estás?" Él sabría lo que hacer, él siempre lo sabía. 

Ella sólo quería ser la sirena más silenciosa del mundo. 



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