Cuando
su mundo se derrumbaba y la vida parecía caer destrozada en pedazos,
Ana siempre acudía al mismo sitio. Era una cala olvidada por los
constructores y otros vampiros de la costa, su pequeño rincón del
planeta.
Era su salón de juegos y las
imágenes de su padre siempre quedarían asociadas a ese lugar, como
las olas, las rocas y la arena. Y su olor. Su padre olía a mar y a
tabaco.
Tenía la nariz aguileña, la camisa abierta y la piel negra, castigada por el sol. Y una sonrisa que era la de un lobo.Un lobo que siempre parecía estar jugando. Supuso que otra gente no vió al lobo sonriente, y por un momento sintió miedo.
Tenía la nariz aguileña, la camisa abierta y la piel negra, castigada por el sol. Y una sonrisa que era la de un lobo.Un lobo que siempre parecía estar jugando. Supuso que otra gente no vió al lobo sonriente, y por un momento sintió miedo.
El juego siempre era el mismo: ella
era la sirena y él el pirata bueno que la salvaba de las garras de
innumerables y cada vez más exóticas criaturas malignas. A veces
recordaba los días según la hazaña que acometieron y eran
recuerdos tan reales para ella como cualquier otro. Como aquella vez
que por fin consiguieron dar caza, tras una semana de agotadora
búsqueda y batalla, a un magnífico ejemplar de dragón marino. Le
parecía oír las órdenes de su padre-pirata mientras le clavaba el
arpón de acero a la bestia y gritaba de triunfo y júbilo como sólo
se grita en los sueños que se viven despierto.
Una
salpicadura de agua helada le devolvió al presente. El mar, casi
negro en esa época del año, rompía con violencia contra las rocas.
Era fuerza y puro movimiento. Ella siempre lo imaginó como una
batalla eterna, el mar poderoso,invencible e inflexible, las rocas
inamovibles, viejas y firmes. Eran dos guerreros mitológicos y
ella una espectadora ocasional que usaba su piel de sirena para que
no les atacaran, ella era de los suyos.
Recordaba
a su padre allí, la tarde antes de que se lo llevaran. Le habló de
gente peligrosa y de deudas, le habló de errores del pasado,
fantasmas y remordimientos y de cientos de cosas más. Era incapaz de
recordar el qué, sólo recordaba el sonido de su propio llanto, la
propia desesperación. Le dijo que cuidara a su madre e intentó que
cantaran una última vez la canción del pirata.
Ana
no consiguió entonarla pero a veces le parecía oír la voz grave y
atronadora de su padre cuando el mar rugía con fuerza . Ese día la
cantó con demasiada firmeza y seguridad. Entonces supo que esa
canción no era para ella. Sonó a grito al mar, a desafío del
hombre que ya nada teme. Y ahí fue cuando Ana se asustó. Solo
cantan así los que ya no esperan.
Quiso,
en su inocente visión del mundo, que se escondieran para siempre
allí. "Papá nunca nos encontrarán, viviremos aquí y todo
será perfecto" "Papá prometo ser la sirena más
silenciosa del mundo".
"Joder,
joder" No conseguía recordar su cara. Se odió. Cerró los
ojos con fuerza, hasta que se hizo daño. Trataba de verle y no
podía. Sintió frío. Se subió la capucha de la sudadera y se
abrazó. "¿Dónde estás pirata, dónde estás?" Él
sabría lo que hacer, él siempre lo sabía.
Ella
sólo quería ser la sirena más silenciosa del mundo.

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