jueves, 20 de diciembre de 2012
Toca echarle huevos
Es noche cerrada, oscura. Resulta extraño porque no se vislumbran nubes y, sin embargo, la luna no brilla ni ilumina. "Parece que se levantó tímida esta noche" piensa Pepe mientras baja del camión, ya descargado de las últimas existencias.
La negrura del bosque facilita su tarea y acompaña su estado de ánimo. No quiere mirones de última hora. Cierra la puerta del camión y se dispone a adentrarse en la arboleda. Para en seco y suelta entre dientes: "Carajo". Lo dice bajito, es sólo para él. Vuelve al tráiler y saca de la guantera un objeto metálico, cuyo peso y tacto frío le reconfortan. Es cosa hecha.
En cuanto comienza a andar, su mente lo hace con él, y se encamina hacia los acontecimientos de los últimos días. Saca un papel del bolsillo trasero de los vaqueros gastados. Es un albarán que en el reverso tiene anotados con guiones su última lista. A Pepe siempre le ha gustado hacer listas. No tiene buena letra pero está orgulloso de su manera de trabajar y cuando le preguntan siempre contesta lo mismo "la clave está programar bien la ruta, si está bien hecha las cosas salen rodadas" y siempre se ríe de su propio juego de palabras, defecto de profesión.
Va leyendo la lista y diciendo mentalmente "hecho" en cada guión. Dejarle las últimas flores a la Paqui en el hospital, tomarse una última cerveza con Manolo, ese viejo canalla y cabrón que se sabía como la propia palma de su mano las carreteras recomendándole las mejores ventas y otros lugares menos decentes para hacer lo que él llamaba "estación de penitencia". También habían quedado escritas las cartas correspondientes y sacado el poco dinero que le quedaba, lo había metido en un sobre y se lo había dado en mano al propio Manolo. Era un canalla pero se fiaba de él. Le dió las instrucciones necesarias: "cuando todo esté acabado, recoges a Laurita y la llevas con mi hermana".
No le costó nada tomar la decisión, estaba en un estado de calma desde entonces que le relajaba. Justo iba a disfrutar de la vida cuando había decidido que no seguiría en ella. Irónico. Pero estaba ahogado, no había salida y sobre todo estaba cansado, muy cansado de bregar con médicos, banqueros para renegociar las letras del tráiler y deudas y más deudas. De hacer kilómetros en el volante, con la Paqui en cama y sin ver a su pequeña. Y el patrón le dice que lo siente que ya no va a haber más salidas ni más camión ni más nada. Pepe no le culpa, al patrón le gusta la pasta, pero es un buen tío, es un tío honrado y además empezó también en la carretera y sabe de lo que habla cuando manda. No es culpa suya, no es culpa de nadie.
El plan es dejar a la Paqui una pensión de viudedad, si es que algún día despierta, y a su Laurita, a su pequeña, con su tía que la educará bien, sin lujos pero con un plato de comida caliente al día.
"Está todo hecho" se repite. Continua la marcha y busca un claro, apartado de la carretera. Se siente frío, como si pudiera verse a sí mismo empuñando la pistola. No tiene miedo, no tiene ningún miedo. Comprueba el cargador, retira el seguro. "Ahora toca echarle huevos" se dice mientras se introduce el cañón en la boca. Sabe a metal, sabe amargo y sabe a muerte. Y no sabe a echarle huevos, sabe a quitarse de en medio, sabe a cobardía. Pepe ya lo sabe y por fin rompe a llorar.
Llora y llora. Y llora por lo que ha estado a punto de hacer, llora por su enana, por la Paqui, llora por el cabrón canalla de Manolo, por su patrón honrado, por su camión con letras y por su hermana y llora por las ventas y por las carreteras y las rutas que programa. Pero no llora por él. Eso ya se acabó.
Pepe se ha subido al camión, ha cerrado la puerta y se ha adentrado en la carretera.
La noche es menos oscura y la luna menos tímida pero Pepe no ha cambiado de frase: "Ahora toca echarle huevos".
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario