PACO
Paco es camarero. Lleva camisa de manga corta de color blanco que un día fue inmaculado, pero que ahora luce tres o cuatro manchas de grasa. Es bajito, de piel morena y cara nervuda.
Empezó a trabajar desde muy joven y ahora es el encargado de un bar. Es un bar sin pretensiones, sillas y mesas de madera y cartas plastificadas donde el plato estrella es el montadito. Una barra de madera, vieja y sólida, domina todo el bar, y ahí es donde Paco imparte sus lecciones vitales.
Paco es camarero. Lleva camisa de manga corta de color blanco que un día fue inmaculado, pero que ahora luce tres o cuatro manchas de grasa. Es bajito, de piel morena y cara nervuda.
Empezó a trabajar desde muy joven y ahora es el encargado de un bar. Es un bar sin pretensiones, sillas y mesas de madera y cartas plastificadas donde el plato estrella es el montadito. Una barra de madera, vieja y sólida, domina todo el bar, y ahí es donde Paco imparte sus lecciones vitales.
Hay dos rasgos que me llaman la atención mientras le miro disimuladamente desde mi escondite en la mesa de la esquina: sus manos y sus ojos.
Sus manos son sorprendentemente grandes para su estatura. Son manos largas, de dedos anchos. No le ves un anillo ni una pulsera, son manos sin concesiones. Parecen manos torpes hasta que las ves en movimiento, tirando una caña. Entonces esas manos se lucen y se transforman en las manos de un artista. Normalmente las sirve de dos en dos, apoyándose los vasos en la palma de una mano, mientras con la otra acciona el tirador. Lo hace con suavidad, sin prisa y confiadamente. Mirar las manos de Paco relaja. Transmiten serenidad porque sabe hacia dónde dirigirlas cada segundo. Pienso que serían buenas manos para ser pintadas por algún artista que lo sepa captar. Maldigo mi inutilidad para la pintura y me acerco a la barra.
Paco es un camarero de los de antes, de los que te habla de usted aunque te doble en edad. Sabe manejar a los clientes que tiene y es consciente que su profesión va más allá de la de servir cañas. Habla con los clientes y sabe lo que cada uno quiere oír y lo que es aún más importante, cómo necesitan ser escuchados. En este mundo donde todo va rápido y nadie presta atención a lo que dices, un camarero es un oasis para todos aquellos que tienen algo que decir. En la barra habla de fútbol, de política y de religión, ejerciendo el papel de moderador entre los habituales. Cuando alguno se excede, Paco le reprende o simplemente le relaja con una caña tirada como sólo la sabe tirar él.

Me imagino cuántas cañas habrán tirado ya esas manos, mientras la voz del propio Paco me saca de mi ensimismamiento. "¿Qué va a ser caballero"?. Le pido dos cañas y observo el desarrollo del ritual de Paco. Cómo se nota lo que disfruta en su trabajo. Siempre atiende con una sonrisa en la cara que te lo demuestra. Es una sonrisa franca, ancha y sin dobleces. Una sonrisa cercana y amiga. Con sonrisas así se rompen las tiranteces en un instante. Te hace sentir cómodo antes siquiera de dirigirte la palabra. Reflexiono sobre las horas que invierten las empresas en cursos de formación de cómo atender a un cliente y me río por dentro pensando que Paco consigue en un gesto natural lo que a ellos les cuesta años y varios tomos y presentaciones Power Point y algún que otro término inglés que suene rimbombante. A veces el ser humano es realmente estúpido.
Luego está el otro rasgo inusual en su fisonomía: dos ojos color azul grisáceo hundidos en dos cuencas con constantes ojeras. Paco siempre tiene cara de cansado, su oficio es sacrificado. Pero encima de esas ojeras y debajo de las cejas gruesas y pobladas, te encuentras sin previo aviso con dos chispazos de inteligencia, de dominio y de señorío. Esos ojos te dicen que la barra es el territorio de Paco y aquí se juega con sus reglas.
Con pequeños gestos domina todo lo que hay a su alrededor, conoce su oficio, lo ama y consigue crear el clima perfecto. Se ven caras de angustia al entrar y relajadas al salir. Nunca al revés.
Me gusta el bar de Paco. Todo está en orden bajo sus expertos ojos grises y su camisa llena de grasa, su sonrisa profesional y sus consejos que suelta con un sentido común del que no pregona. Es servicial sin ser servilista, te trata como un igual con respeto. No lo conozco fuera del bar pero me juego la próxima cerveza a que es un señor de los pies a la cabeza.
Por la gente como Paco.
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