viernes, 29 de marzo de 2013

Valiente

La luz blanca, impersonal, desnuda. El cuerpo yacente, tranquilo, sueño eterno. 

Siempre había odiado los hospitales, todo esterilizado, todo enfermo. Quejas de dolor, batas blancas, y ese maldito olor. Olía a muerte, olía a excrementos y medicinas, olía a viejo y corrupto. 

Agustín seguía dándole vueltas. Se cumplían ya tres horas desde que su padre había dejado de existir.  No sintió dolor, ni siquiera pena. No entendía su falta de sentimiento. Se odió a sí mismo.

 Sistemáticamente su cabeza daba vueltas una y otra vez, en una espiral convulsa que unida a la falta de sueño por la vigilia y ese maldito olor de hospital, no dejaban un instante de lucidez. 

De repente sintió que se ahogaba, le faltó el aire. En su cerebro se concretó una idea tan poderosa que pareció absorber todas sus energías. Quería salir. Necesitaba salir.

Tres caladas a un cigarro furtivo en las escaleras del hospital mientras su mano temblaba y sus labios daban forma a una palabra no pronunciada en voz alta: miedos.

Y lo decía en plural. Él, el inmortal, el valiente, el poderoso.  Tenía miedos, y ya no se podían posponer. La urgencia de dar una respuesta a esos miedos era un miedo en sí mismo. Se sintió cobarde, minúsculo, pequeño. Y ese maldito temblor no cesaba. Una calada aún más profunda. Los pulmones se llenaron del veneno calmante del que se había alejado durante casi siete años.

Para la siguiente calada su mente ya le contaba al oído los miedos acallados. Se estaba vengando por todos los miedos pospuestos, los viejos y los nuevos, los no afrontados y los nunca contemplados. Ahora ajustaba cuentas, y vaya si lo hacía. Y la sensación de ser un cobarde le invadió otra vez. Él no tenía que sentir miedo. Él era racional, pragmático. El miedo a no ser quién pretendía ser se sumó a otros muchos. 

Miedo a desaparecer. A morir sin ser nada, al vacío. Miedo a los miedos. Miedo a sentir, miedo a no hacerlo. Miedo al tiempo perdido. Miedo a los miedos. 

Acabado el segundo cigarro, enfiló el pasillo. Entró en la habitación y miró el cadáver. El cuerpo yacente, tranquilo, sueño eterno. La luz blanca, impersonal, desnudaba al hombre de sus miedos.



jueves, 14 de marzo de 2013

Los fantasmas (I)


Sebastián es policía. No es de esos de los que salen en la televisión y en una hora te resuelven tres crímenes. Es más,  a Sebastián, y le cito textualmente le “tocan los cojones el Grissom y su puta madre”.  Aunque no se puede decir de él que esté gordo, tampoco tiene el cuerpo de un atleta, de hecho pienso que le podría ganar en una carrera. Sebastián no tiene frases ingeniosas, ni va haciendo comentarios en voz alta sobre las pistas que descubre. Es reservado, silencioso. A mí me acojona un poco.

Sebastián trabaja desde hace 23 años en el cuerpo de policía. Es de la vieja escuela. “Pero no de la vieja vieja” me corrige. Supongo que se refiere a la dictadura, pero no quiero preguntarle.

Sebastián tiene dos ojos inteligentes, sagaces. Son pequeños y brillan como canicas.  La cara algo colorada, la nariz regordeta y el ceño fruncido permanentemente mientras en la frente campan a sus anchas las gotas de sudor.  Apura la cerveza que tiene delante y mientras se seca con la manga del uniforme me interpela, brusco y directo, “¿y qué carajo quieres?”.
Balbuceo. Le empiezo a hablar de usted y me para. “Que soy policía, coño, que no soy cura” Tomo aire y le explico el propósito de mi visita y las cervezas. Quiero que me explique la verdad sobre el caso Torpedo y el alijo desaparecido. Las muertes y demás.

“De eso no hablo”. Se ha quedado callado y mira lejos. Su mirada pasa de largo sobre mí y el resto de las mesas, incluso de los niños que juegan al final.  Se ha ido a los recuerdos, a esos malditos recuerdos que necesito para poner punto y final a este juego de locos. Necesito que hable así que me guardo el respeto y le suelto de primeras. “Sé lo de la Juani”. Se ha levantado sin decir palabra, ha dejado un par de euros en la mesa y ha enfilado la calle.

La Juani era la dueña y propietaria del Bar la Juani. Además de eso se la beneficiaba Sebastián. La Juani murió en el 94, en la peor operación policial que se recuerda. La vergüenza del cuerpo. Tampoco es fácil informarse sobre algo cuando se ha hecho todo lo posible por taparlo. Y trucos desde luego tienen. Pero yo cuento con la baza de Sebastián, que está más viejo y más cansado que cualquier hombre de su edad. Y aunque no lo reconozca ni en mil años está solo y tiene mierdas de las que necesita hablar. Todo hombre necesita hablar de sus fantasmas, vivos o muertos. No me gustará hacerlo, pero manipularé sus sentimientos. El caso Torpedo es más importante que un par de secretos que puedan dejar mal al cuerpo de Policía.

Maldigo al periódico, maldigo al director, maldigo a todos los corruptos, políticos, policías y capos rusos y de todo el mundo y por último me maldigo a mí mismo antes de alcanzar a Sebastián y soltarle en plena calle:

“Sabes, Sebastián, quizá lo de la Juani no fuera un accidente…”

martes, 5 de febrero de 2013

Mr. Grey


Sonó el despertador a la misma hora de siempre. Abrió los ojos al primer timbrazo y cuando la máquina iba a entonar el segundo ya había oprimido el botón de apagado. Había descansado, dormido de manera óptima, ocho horas. Le siguió una ducha de cinco minutos, eficaz, concienzuda. Afeitado apurado, milimétrico.

Piernas abiertas de cara al armario. Cinco trajes grises, cinco camisas blancas  y otras tantas mudas limpias le dieron silenciosamente los buenos días. Cogió el primer traje de la izquierda, correspondiente a los lunes, se enfundó la camisa, abotonándose los gemelos que extrajo de un estuche gris. Se ató los zapatos, que brillaban relucientes agradecidos del trato exquisito recibido la noche anterior, y empuñó el maletín.

Una mirada al espejo, tan sólo una. Todo en orden. Se encaminó a la parada del metro, la de siempre, a la hora de siempre. Escogió su sitio en el vagón, orientado hacia ningún lado y se sentó, aferrado a su maletín.

"¿Qué llevas ahí?". Aún no se había puesto en marcha el tren y ya violaban su espacio personal. Odiaba con toda su alma las conversaciones triviales, eran ineficientes. Buscó el origen de esa molestia pero no lo encontró. 

"¿Por qué eres tan serio?". Ahora sí se dió cuenta que la voz venía de enfrente. Localizó a lo que parecía ser una cara debajo de una explosión rosa chillón que tenía por pelo. Ojos grandes de un raro color violeta le observaban curiosos. 

"No soy serio, soy profesional. Y lo que llevo aquí no es de tu incumbencia.  

Bajó una vez la mirada hasta posarla en la vestimenta de ese demasiado delgado demonio preguntón. Una camiseta naranja demasiado grande, unos zapatos verdes demasiado verdes, los ojos violeta y el pelo rosa, ofrecían un conjunto ridículo. Le podría haber dado incluso risa, si no fuera por que él nunca se reía. La risa obstaculizaba el trabajo, resultaba ineficiente.

Ella continuó preguntando y él ofreciendo respuestas concisas, breves, irritadas. Esa niña realmente le estaba importunando. Se pasó a su lado del vagón mientras comenzó a contarle una historia sobre una colonia de hormigas que consiguieron unirse y tocar una nube. Luego le habló de leones que comían verduras y de un trapecista que sabía todos los idiomas del mundo.

Al fin acabó la tortura cuando llegó a su destino. No le dijo adiós y continuó su camino. Cumplió su jornada de trabajo, llegó a a casa y se acostó. Eficiente, trabajador, profesional. Un día más del que sentirse satisfecho.

El despertador sonó a la hora de siempre, aunque esta vez la máquina consiguió emitir su sonido tres veces antes de soportar la presión de su mano. Se sentó en la cama, asustado. Había soñado. Era absurdo, no tenía sentido. Él nunca soñaba, no era útil. Imágenes del sueño le venían, nítidas, claras: una playa y una mano agarrada a la suya y dos ojos gigantes color violeta que le miraban y sin palabras le preguntaban cosas sin sentido. Y le hablaban sobre canciones nunca escritas y aviones de papel que llegaban a la Luna.

Apartó las imágenes de la cabeza y se metió en la ducha. Fue corriendo al metro, había tardado más de la cuenta, presentaba un corte en la mejilla por el afeitado y por primera vez en su vida no había conseguido hacerse un nudo de corbata perfecto. Ingresó en el último segundo en el vagón y al segundo se dio cuenta que había olvidado los gemelos en su caja gris y que su traje no era el de los martes si no el de los lunes. 

Iba a sentarse en su sitio favorito, mirando a ninguna parte, cuando dos ojos violetas gigantes comenzaron a preguntarle cosas sin sentido.  

Y él, que llevaba el traje erróneo, sin gemelos, con un nudo de corbata impresentable, comenzó a reírse a carcajadas de lo más ineficientes.

lunes, 28 de enero de 2013

Mariluz


Y por fin decidió que era el momento. Abrió el obturador permitiendo que entrara la luz suficiente en la lente, ajustó el zoom y apretó el botón. Le supo a cerrar heridas que no sabía que existían y abrir nuevas que siempre debieron existir, a clausura y apertura y, de alguna forma extraña a libertad y a la más pura esclavitud. La que no debió de haber perdido.

La primera cámara fue un regalo de su padre. Una Leica a la que le puso el nombre de Mariluz. La llamaba así porque se atascaba a veces en el rebobinado, y le recordaba a una adolescente caprichosa a la que había que tratar con mucha paciencia. Y la única adolescente que conocía en el pueblo era Mariluz, de la que por supuesto se enamoró tres o cuatro veces. 

Ahora descansaba en casa, en un estante, junto a otras muchas, ya retiradas pero que continuaba limpiando y poniendo a punto periódicamente. Como el soldado que mecánicamente afila una espada sin punta. Pero estaba bien así, debía ser así.

Al principio todo era simple. Salir, buscar, encontrar, encuadrar y disparar. Luego el ritual en casa, donde había habilitado el lavadero como improvisado cuarto oscuro. Y el milagro misterioso y mágico de la aparición de las figuras sobre el papel fotográfico. 

Ahí iban apareciendo, fielmente, sin contradicciones sin chirridos, tal y como los había proyectado. Mucho más sencillo que en la vida real donde nunca entendió nada ni a nadie. 

Su cámara eran las gafas que traducían el mundo a un lenguaje que podía entender. Tal y como él los veía a todos. Los abuelos jugando al dominó, los niños saliendo del agua, las mujeres barriendo las entradas de las casas ataviadas con delantales multiflorales. Y las caras. 

Cuando aparecían en el papel les contaban historias. Algunas inventadas, otras reales. Una marca de nacimiento aquí, unas ojeras marcadas allí, y un cabello canoso y bien cuidado por allá. Y su cerebro les improvisaba rápidas biografías mezclando realidad, ficción, colores, texturas, enfoques. No había mentiras, era real. Más real que la propia realidad.

Luego llegó la prostitución obligatoria de vender cada foto. El tener que comer y pagar sus facturas. El fotografiar lo que el periódico, la revista y el galerista compraban. El ponerle títulos a las fotos. El fotografiar periódicamente. Pasó de juego a oficio. Pasó de ponerle nombre a sus cámaras a llamarlas por su nombre.

Más tarde los viajes, los premios, el reconocimiento. Una casa grande, un buen coche. Una existencia cómoda. Y así pasaron años. Y era incapaz de recordar cómo era al principio. Hasta que un día entendió al resto del mundo. Veía el mundo como lo veía el resto de la gente, como estaba establecido que debía ser visto. Y se asustó. Cogió los tejanos viejos, salió de casa sin decir adiós y con la Leica colgada del brazo condujo de noche, sin parar. "Volvemos a casa, Mariluz"

Al llegar, bien entrado el día, fue directo a la playa. Se sentó y respiró bien profundo. El olor a mar le llenó los pulmones y le sacó la sonrisa oculta. 

Un niño salía del agua, gritando, de pura emoción. El sol proyectaba sus rayos sobre millones de gotitas que, alejadas de la inmensidad del mar, vivían sobre su piel negra. El cabello mojado le caía sobre dos ojos grandes, azules y extasiados. La ola que venía a morir a la orilla vivía una última vez bajo los pies inquietos del niño, escupiendo espuma blanca, quejándose del pisoteo. 

Y por fin decidió que era el momento. 


domingo, 20 de enero de 2013

Droga dura



La apatía es un monstruo que nos agarra de los pies y nos impide echar a correr. Te obliga a instalarte en una desidia constante de donde parece que nada te puede sacar. No se sabe exactamente por qué aparece y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, te ha cogido. Cada vez hablas menos, sonríes menos. De repente, en un proceso que autodenominas "redescubrimiento del fuero interno" empiezas a desaparecer. Lo llamas así para tapar tus vergüenzas. Somos los maestros de nuestra propia demagogia. Tenemos a pequeños políticos cabrones en el cerebro que nos mienten una vez tras otra. Y les seguimos votando.

La diferencia entre apatía y rutina es la nota de autocompasión. Hastiado, harto, cansado. Externalizas culpas, es siempre igual.  Te cargan, te irritan. Tu existencia parece una sucesión de acciones predeterminadas. Son acciones vacías. Nada te llena, nada te sirve. 

Primero haces como si nada. Aquí no ocurre nada. La culpa no es tuya, la culpa es de los demás, las circunstancias, este mundo que te rodea y que tan injusto te parece. Hablas de ti mismo, contigo mismo. Y tu voz interna parece estar enfadada, y no sabes con qué. En cualquier caso llevas razón, siempre la llevas.

Cuando te rodean miles de sonrisas y eres el único con la cara de cartón comienzas a pensar que quizás el problema sea tuyo. Pero eres cobarde y vas poniendo parches. Pones parches provisionales, parches que duran lo que el efecto de unas copas. Al día siguiente, más de lo mismo. Vives la auténtica inercia inerte.

"Estás mustio". Son las palabras que te vienen a la mente mientras te miras al espejo con cara de indiferencia, sin la careta. Quizá alguien se haya dado cuenta y trate de ayudarte. Pero esa es una batalla que se lucha a solas. Y el ruido de la batalla y del chocar de espadas solo existe en tu mente. Apatía versus tú mismo. Estás enganchado a la apatía.

Y detrás la soberbia empuja, susurrándote mierdas al oído, mierdas que tu ego, agigantado en el proceso de la apatía, adora escuchar. Mierdas que hacen que la apatía se convierta en tu estado natural, en tu forma de ver la vida. Apatía y soberbia son los dos aliados perfectos para convertirte en un indeseable. Y como no te des cuenta a tiempo, acabas solo. Bueno solo no. Tienes a tu ego. Disfrútalo.

La autocompasión se va con el tiempo, y acabas odiando y odiándote. La apatía es el camino más corto para sabotear tu propia felicidad. Así que si entras en apatía, pon a dieta al ego, quita esa puta cara de cartón y sal a correr (en sentido literal o figurado). Pero mueve el culo. Que la apatía es una droga que te consume y salir de ella sólo depende de que tú salgas de ti mismo. Además tienes un millón de cosas por hacer. Pero eso ya para otro día.

lunes, 14 de enero de 2013

La extraña historia del Doctor Velasco


Nadie me contestó a la pregunta. Mis potenciales interlocutores era un grupo de parroquianos reunidos en tertulia dominguera,  disfrutando del sol invernal que a veces se asoma a la terraza del bar de Paco, calentando a los habituales y tratando de hacer lo mismo con sus cervezas. Pero esa partida la ganan ellos siempre, guerreros curtidos en ese arte.

"¿Cuándo llegó el Doctor Velasco al barrio?" Lo intento una vez más, mirándoles a los ojos, implorándoles una respuesta. Por fin, olvidan sus rubias por un instante y me miran. Soy capaz de leer el desprecio en sus ojos y trato de verme a través de ellos. 

Saben que no soy del barrio, no saben quién es mi madre o mi vecino. O con quien comparto almohada. Desconfían y la libreta abierta y el bolígrafo atento creo que no ayudan. Decido cerrar el bloc de notas y devolver al cinto la espada. Parece que tiene un efecto mágico entre el conjunto de caras morenas que me escrutan.

 "Nadie lo sabe". Ha hablado primero un señor que exhibe con total impudicia una barriga que nada tiene que envidiar a la del señor que nos brinda en un plano bidimensional desde su botellín de cerveza.

"Un día apareció y otro desapareció", esa voz viene de otra mesa. Me giro a buscar el origen de esa voz, y parece que no sólo es de otra mesa si no de otra galaxia. Se me empiezan a pasar por la mente todos los poemas y metáforas que me sé: "ángel caído del cielo" es la que ocupa mi mente mientras soy interpelado por la persona que ya he decidido que será mi musa para los próximos trescientos millones de poemas.

Carraspeo y con la voz más masculina de mi registro le pido con educación que repita la pregunta mientras me sonrojo ligeramente. "¿Quién pregunta por el Doctor Velasco?". Me resulta curioso la manera de hablar que tiene, incluso la manera de moverse. Parece irreal pero al mismo tiempo todo es auténtico. Antes de empezar a parecer imbécil me presento de manera atropellada, me siento en la silla que me ofrece y pido dos cafés a la camarera. Todo en uno. Le ofrezco tabaco y lo rechaza con una ligera inclinación de cabeza. Y entonces comenzó a contarme la historia del Doctor Velasco.

"El Doctor Velasco era bajito y muy delgado, como una espiga seca que pudiera quebrarse en cuanto el viento apretara. Tenía el pelo negro y liso sobre la frente y dos ojos turquesas que parecían canicas. 

En realidad se llamaba Ángel pero comenzó a referirse a sí mismo como el Doctor Velasco y todo el mundo acabó por llamarlo así. Hasta consiguió una bata blanca cerca de un contenedor del hospital que paseaba con orgullo y limpiaba diariamente en la fuente. Nunca supe su edad, pero no parecía sobrepasar los trece años.

El Doctor Velasco veía a las personas. Quiero decir que las veía de verdad, tal como eran . No veía cuerpos si no lo que llevaban dentro. Les llamaba cebollas sin capas. Y decía que las capas eran muy parecidas las unas a las otras. Que siempre eran miedos, distintos miedos, pero al fin y al cabo miedos. Hablaba sobre disfraces y máscaras, sobre parches e ilusiones ópticas. A veces se entristecía y decía en voz bajita, tan bajita que casi no se podía oír que ojalá las cebollas tiraran sus capas.

Al principio el barrio lo miró con recelo, evitando su presencia. Algunos incluso le insultaban por la calle. Luego se acostumbraron y empezaron a acudir a él, primero a cuentagotas y luego en masa, para que les escuchara.

No sabía de etiquetas ni clasificaciones, no sabía de posiciones sociales, ni de dinero, no sabía de orgullos ni opiniones ajenas. Cuando le hablaban del "qué dirán", él respondía "probablemente, lo que quieran". No entendía el significado de apariencia ni el de disimulo.

Lo que sí veía era a payasos y cómicos vestidos de gente muy seria, a los más pobres conduciendo coches de lujo, a esclavos frenéticos exhibiendo tarjetas en mostradores, veía a ricos compartiendo  bocadillos bajo un puente, veía a gente sola en medio de muchedumbres, a héroes de pantuflas y heroínas de rulos. Y también me vió a mí. Pero esa ya es mi historia.

Y, sin más, desapareció. Cuando se había vuelto imprescindible para todos. Cuando a todos les hubo creado la necesidad de no ocultarse, de sentirse libres, se fue.

Y tan natural como su llegada y su venida, descubrimos que no nos hacía falta."

Ha dejado de hablar, y ahora reparo en lo que antes había intuido. Ahora entiendo lo del brillo en los ojos y lo de parecer de otro mundo. La sencillez, tranquilidad y serenidad con la que me habla.  Creo que le da exactamente igual lo que yo pueda pensar de ella. Es libre de no tener que causar más impresión que la que causa ella misma, sin trucos, sin artificios ni tapaderas. Y vaya si la causa. 

Vaya paradoja. Causar sensación por no pretender causarla. Siempre pensé que hay miles de tipos de esclavitud y que sólo los más inteligentes eligen cuál es la suya. Pero tengo sentada enfrente a la prueba de que estoy equivocado y de que no soy inteligente. 


Esto es todo lo que pude averiguar sobre el Doctor que no estudió Medicina, que vestía una bata blanca por debajo de dos canicas turquesas y que veía a las personas que potencialmente somos y que no mostramos por miedos absurdos. Esta es la extraña historia del Doctor Velasco. 

sábado, 12 de enero de 2013

Fantasmas y regalos


Después de una media hora has conseguido aparcar el coche. Vas a la máquina tragaperras de la zona azul y te sale de premio que no te devuelven cambio. Piensas por lo bajo lo mismo que todo el mundo que tiene que aparcar de lunes a viernes y sábados por la mañana: "Putos ladrones".

La cosa no queda ahí, porque a los cinco segundos aparece de la nada y con un medio trote más que digno te encuentras de frente con un gorrilla. Es el clásico gorrilla, de los de siempre. Sin afeitar, una parte de abajo de chándal que le sienta como un tiro y una camisa antigua y descolorida. Su "buenas tardes" viene a ser una exigencia. A mí me suena a "dame dinero que ni siquiera te he ayudado a aparcar y ya has pagado la zona azul, pero chaval así es la vida, así que suelta el euro que para eso vine corriendo". A todo eso me ha sonado el buenos días. En circunstancias normales lo daría como el 95% de la gente por miedo a que algo le ocurriera al coche. 

Pero hay algo con lo que no ha contado el del chándal. Ha mirado mi coche y luego mi cara, lo ha entendido. Lo bueno de tener cosas discretas (o como es el caso, una puta mierda de coche) es que pierdes el miedo a que te roben, se te estropee, se pierdan... Supongo que por eso dicen que las posesiones es una forma de esclavitud.

Celebro mi victoria mientras veo alejarse al gorrilla con el mismo trote persiguiendo más víctimas. Me infunde una mezcla de pena y vergüenza. Se puede pintar con bonitas palabras como toxicómano auxiliar de aparcamiento con apéndice de vidrio Cruzcampo, pero lo cierto y es que, aunque la mayoría miramos hacia otro lado, son piltrafas humanas que se arrastran por las calles mezclando mendicidad con intimidación. A la gente les da asco y nadie hace nada y nadie dice nada. 

Son los fantasmas de nuestra ciudad, fantasmas de carne y hueso a los que nadie quiere ver. Lo peor son sus ojos. Tienen dos globos oculares como los de cualquier otra persona, más o menos estropeados o rojizos. Aparentemente son normales, pero conforme los miras reparas en una cosa tan simple que te asusta darte cuenta: no tienen mirada. Sabes que algún la tuvieron pero se perdió. Sabes que algún día miraron con amor a alguien y ese alguien les devolvió la mirada, quizá miraron con orgullo, con altivez, y miraron con ansia, con ganas de vivir. Ahora ya no miran, son ojos vacíos de contenido. 

Si alguna hablas con alguno de ellos, te encuentras con conversaciones sorprendentemente coherentes salpicadas de retazos de locura. Tienen un sentido común y una filosofía adaptadas a sí mismos. Y a veces encuentras a alguno realmente inteligente que te habla, con mayor o menor dosis de realismo, de lo buen profesor que era o lo guapa que era su mujer. Siempre te repiten la misma frase: "Estudia, hijo, estudia" 

Luego se despiden y se van arrastrándose, demasiado rápido, contonéandose patéticamente en busca de financiación para el suicidio más lento y doloroso, para llenar sus pupilas. Pupilas llenas y miradas vacías en unos ojos que parecen acostumbrados.

Me doy cuenta de que he llegado a mi destino pensando en gorrillas y tampoco estoy demasiado de humor. Entro en la tienda, elijo el producto y tras una media hora de codazos recibidos, chillidos y carreras ajenas consigo alcanzar el mostrador. Pago, me lo embolsan y me voy. Navidad, Navidad. La verdad es que estoy hasta los cojones del día de hoy. Quiero dejar atrás toda esta marabunta, llegar a casa, fumarme un cervezón y beberme un cigarro. En mi cabeza comienzo a estructurar un discurso épico sobre el consumismo que me tiene que acompañar de camino al coche, mi propia voz mental comienza a escucharse a sí misma, hasta que lo ví y lo oí.

Por la acera de la calle, justo delante mía una pareja original. La madre y el niño que se me llegaba como a la altura de la rodilla. Por la acera contraria pasaba el típico beduino del día 5 de enero. Justo en ese momento el niño mira a la acera contraria, con una cara de ilusión, con una mirada limpia, auténtica mientras le gritaba a su madre eufórico: "¡¡Mamá mira Baltasar,ya han llegado los Reyes!!".


Fue lo único que pude ver. Y ya me salió un Navidad, Navidad distinto. Y me fui para el coche y no hubo discurso consumista. Sólo pude pensar en bajito que los fantasmas un día también tuvieron esa mirada, y a lo mejor también confundieron a un beduino con Baltasar. Y que ojalá ese niño siga el consejo de algún gorrilla sabio y no tenga que renunciar nunca a su mirada.

lunes, 7 de enero de 2013

La pregunta


Almas sin rumbo que se mueven entre ruidos tecnológicos y anuncios. Ocupan su tiempo en no pensar y crean un espacio artificial, el mundo de la no reflexión. Les permite subsistir en el fango más terrenal, aspirando a una nada material y la comodidad, entendida como la ausencia de males físicos y la abundancia de placeres. Carpe diem. La vida no son las veces que respiras si no los momentos que te dejan sin aliento. Tienen un catálogo millonario en frases que justifican una vida sin pausa. Parecen artificiales, maniquíes. Y su felicidad también lo es. Y siendo artificial se derrumba con el primer soplo de aire. Su cara perfecta y su agenda ocupada y sus placeres y sus posesiones no les resuelven nada. Qué ha pasado, de dónde me ha venido ese puñetazo. 


Almas con rumbo perdido, que cuestionan. Viven los placeres y los sufrimientos. Pero son incapaces de acallar las preguntas. Malditas preguntas que surgen. Y ellos no son capaces de darles respuesta con más ruido, o un físico perfecto. Lo intentan y se anestesian. Pero luego las preguntas vuelven. Almas torturadas que lanzan preguntas al mundo y que no obtienen respuesta. Gritan cada vez más alto pero sólo se oyen ellos mismos. Localizan a los sin rumbo y les trasladan sus interrogantes. Cuerpos diez rehúsan responderle, quizá por falta de tiempo. Alguno le responde con argumentos aprendidos de memoria, argumentos de cartón piedra. Y los rechazan, no quieren ser ellos uno más. Son interrogantes que andan y se arrastran con mayor o menor dignidad en la búsqueda de la x despejada. Se preguntan todo, incluso si hacen las preguntas correctas. 

Almas con rumbo establecido. Fueron almas de rumbo perdido y a base de buscar y buscar y buscar lo encontraron. Cada uno de ellos es distinto al anterior aunque todos parecen trasmitirte paz. Tratan de apoyar al que se pregunta y de introducir preguntas en los que no lo hacen. Se mueven y hacen mover. Son pocos, y los interrogantes con piernas que consiguen localizarlos los asedian, ellos pueden darles respuestas.  

 Miran con gesto grave a su alrededor. Se preguntan por qué hay tanto ruido allí afuera. Luego se fijan en las manadas de almas sin rumbo que deambulan por las calles en la búsqueda desenfrenada de ocupaciones. Les gritan, tratan de advertirles. Las almas sin rumbo no los oyen, chocan con ellos y ni se dan cuenta. Siguen a lo suyo, con su ocupación, con su llenado total de mentes, sin espacio para nada más. No es que los desprecien, qué va. Es que no los ven. No tienen el interrogante arriba. Sólo avanzan a buscar más momentos de esos sin aliento. Hasta que se quedan de verdad sin aliento. Y entonces parecen carcasas asustadas, temblorosas. Cuerpos perfectos con almas esclavas de la no búsqueda.

Los que encontraron su rumbo y los que buscan el suyo están de acuerdo, que alguien pare esta puta locura.



viernes, 4 de enero de 2013

El tren


Viajar en tren es un estudio de la sociedad con transporte incluido. Además te da la posibilidad de excluirte, todo es cuestión de llevar buena música, enchufarte los cascos, abrir un buen libro y olvidarte del resto del mundo. 

Te quitas los cascos por un segundo y enganchas con una conversación. No es simple cotilleo, qué va. Hay veces que te dan auténticas lecciones magistrales sobre temas, en este caso son tres personas de mediana edad, dos hombres y una mujer. Uno habla con acento de más allá de Despeñaperros y por el contexto puedo deducir que es médico, otro es un funcionario y al final ha bajado en Utrera, aunque tampoco era difícil de deducir, utiliza correctamente el lenguaje pero sin renunciar a su acento. La tercera es una señora que hace las veces de moderadora. Parece que los tres trabajan juntos en la administración pública, y mantienen un debate intenso sobre el uso de las anotaciones en las calificaciones registrales. Por el tono de la conversación me he enganchado, y la verdad es que el tipo de Utrera está dominando al médico. Ha subido algo el tono y en el punto más caliente la señora, que había pasado desapercibida hasta entonces, introduce el clásico lugar común criticando al director del departamento y consigue poner al médico y al utrerano de acuerdo.  Se te viene a la mente la imagen de dos perros ladrando, muy convencidos de sus ladridos, a los cuales se les ha lanzado un chuletón desde una mano de uñas pintadas. Los perros comen el chuletón satisfechos y se les ha olvidado el por qué ladraban.

El riesgo de quitarte los cascos es el de toparte con una adolescente que berrea a gritos su vida sentimental, sexual y lo que haga falta por un teléfono móvil al que se aferra como si le fuera la vida en ello. Es increíble el valor que se le da a la intimidad hoy día, aunque sólo parece increíble si no conoces los productos televisivos que probablemente consuma la Belén Esteban en potencia que al parecer se zumbó este fin de semana a un tal Adri. Adri no te conozco pero aléjate de ella. 

No sabes qué te apetece hacer más si tirar el móvil o a la señorita. Dudas tan sólo un segundo y te decantas por la señorita. Muerta la perra chillona se acabó la rabia. Pero no lo haces porque tirar a la gente por el tren se pena con la cárcel y que chillen por el móvil no es ningún eximente legal, por ahora. y te pones otra vez los cascos, subiendo un poco más el volumen de la música.

Te quedas dormido tranquilamente, todo es tranquilo en el tren, excepto la adolescente, que empieza a cabrear al resto de los pasajeros. Hasta que uno, con menos paciencia que tú o quizás sin el escudo que supone tener música a un volumen que te hace inaudible los gritos hormonadamente femeniles de esa energúmena, le exige (con educación eso sí) que a ver si se puede ir a hablar a otra parte.

Al rato pasa el revisor con el consiguiente buscar en el bolso de la despistada, las preguntas redundantes sobre horas de llegada y las exhibiciones de paciencia de los de uniforme. Los oficios en los trenes parecen de otra época: revisor, maquinista y alguno que otro que ya fué desapareciendo con el tiempo. Aunque ahora les pondrán extravagantes nombres complicados: Ingeniero Especializado en el Manejo de Transporte Ferroviario de Alto Nivel sería el maquinista y Gestor y Controlador de Validación de Tickets y Consultor de Horarios sería el revisor. La estupidez suele superar a la ficción. 

Además de la música y el libro, hay que cuidar la elección del asiento. El asiento ideal es de ventana, en dirección al sentido de la marcha y el último del vagón. Así disfrutas paisaje, quizá pesques alguna conversación de la que sacar alguna reflexión y probablemente y si tienes suerte, evites el chillido de la adolescente/niño pequeño descontrolado de turno. 

El cruzarte y compartir un espacio en movimiento, las diferentes estaciones y personajes que entran y salen del escenario lo hacen parecer un teatro de la sociedad. Y tú por el módico precio de un billete y con la suerte de aparecer en tu destino puedes disfrutar de una función, con vistas incluidas.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Mi,mi,mi



Por norma general vamos estableciendo zonas de comfort. Podemos localizar una zona de comfort cuando antes de hablar sobre un tema a éste le precede el pronombre posesivo "mi". Mi barrio, mi música, mis libros, mis amigos, mi playa, mi sur, mi, mi, mi. Y ya te revienta cuando detrás tienes que escuchar el clásico "es/son lo mejor que hay". En fin. Más de lo mismo.

Si conoces un 1% podrás alcanzar un 1% de felicidad. Serás feliz sí, claro. Pero eres igual de feliz que un niño pequeñito chapoteando sobre barro. "Mi barro, qué chuli". Igual si te pasas por el parque hay más niños jugando y te enseñan a jugar al fútbol o a montar a la comba. Según el género. Bueno eso ya no que es políticamente incorrecto. Ahora todo deportes mixtos que es lo guay.

Cuando a lo mejor eres capaz de abrir un poco la mente (tampoco mucho no te vayas a herniar), y pongamos que empiezas a leer a ese autor cuya opinión no es exactamente la tuya. Oye igual sus argumentos son válidos y te convencen, igual no entendías bien por qué estabas en contra de eso. Y empiezas a salir de ese "mi". Poquito a poco. Paso a paso. Y a lo mejor te pones un CD de un género que nunca le diste una oportunidad. Oye y descubres que te gusta. Y a lo mejor en Feria cambias el traje de corto o de flamenca por un viaje. Una locura como irse a otro país. Y ver museos y eso, en plan desfasado. Oye incluso te puedes poner a aprender otro idioma, incluso vete a vivir a otro país durante un tiempo. Y te pones a conocer gente distinta. No te preocupes que los "mis" siguen así. Pero cada vez son más grandes esos "mis". Ahora cuando hablas de "mis amigos" hablas de muchos, cuando hablas de "mis libros" te refieres a estanterías llenas y cuando dices "mi música" mezclas géneros, canciones.

Y vas subiendo de ese 1%. Y puedes ser más feliz, porque sabes más. Eres más libre, porque conoces más. Eres más tolerante, porque entiendes más. Joder ganamos todos, porque se va a poder hablar contigo también, y darás argumentos, de esos razonables, de los que no hace falta gritar. Ya no odias a gente distina, porque has querido a mucha gente que contigo no se parecían en nada. Y dejarás de juzgar a gente por apariencia u opiniones.

Sin prisas, poco a poco, y sin agobiarse. No te preocupes que seguirás siendo tu mismo. Pero evolucionado porque te alejas un poquito más del mono y le echas una mano a Darwin. Y cuando escuches a alguien hablar de su ciudad como "la más bonita del mundo" sabiendo que no ha salido de casa, te callarás porque eres más tolerante, le aconsejarás y esbozarás una sonrisa interna, riéndote de tu yo de hace unos años. Y cada vez te importará menos lo que la gente diga de ti, porque eres feliz. Y como diría mi abuelo: "Y que se mueran los feos".

E irá subiendo tu porcentaje, de un 1% subes al 5% y luego al 10%. Es una inversión rentable. Sácale partido. 

Porque más tarde, cuando estés solo, en tu mente recorrerás todas las ciudades que has pisado, toda la buena gente que has conocido, los libros que has leído, las películas que has visto, los cuadros, los idiomas, las culturas. Serás un niño que salió del barro, saltó una tapia y recorrió todos los parques, jugó a todos los juegos, conoció miles de niños, y volvió.  Y serás rico, libre, poderoso y tolerante. 


Días fáciles

Hay días fáciles. Días en que te levantas y parece que llevas energía dentro, sabes que vas a arrasar. Te levantas y antes que te des cuenta estás duchado, cambiado, cafeteado y cigarreado. Estás listo. Son días que contagias la fuerza, que te comes el jodido mundo con guarnición de patatas fritas y lo que te echen. Subes al coche, arrancas y te encanta como suena el motor. Pones la radio a todo volumen, mientras regulas retrovisores y te abrochas el cinturón. Buscas la CANCIÓN, esa con mayúsculas que te pone los pelos de punta y te prepara para todo. Esa que cantas a voz en grito cuando estás en el semáforo. Si hubiera alguna escala de motivación, marcarías un 12 sobre 10. Encuentras parking a la primera y te bajas del coche mientras la música resuena todavía en tu cabeza. Te buscas en un reflejo y te ves hasta guapo. No puedes evitar sonreir por fuera y por dentro. Y se lo enseñas a la gente con tu boca llena de dientes y el cigarro colgando mientras sigues cantando, más o menos alto, esa canción.

Hablas con la gente y les contagias tu alegría, están agusto a tu lado.

Mantienes el grado de motivación hasta que llegas a casa y te metes en la cama. "Guau vaya día" es el último pensamiento que tienes antes de quedarte dormido.
Y así es el 1% de los días de nuestra vida.

El 99% restante es saber llevar con más o menos maestría la careta. Esa careta que hace que los demás crean que estamos tan motivados como el día de esa sonrisa, y evitándole escuchar tus mierdas internas porque ellos no tienen la culpa de que seas como eres, y así consigues poner sonrisas en la cara de los demás. A fuerza de intentarlo, a fuerza de ponerse una máscara, se consigue. Incluso el día más perro se puede sonreír. Y siempre hay alguien ahí para devolverte una sonrisa. Y vas. coleccionando sonrisas y sonrisas. Y te puedo asegurar que no conozco aún a ningún coleccionista de sonrisas que esté triste, es el hobby más gratificante del mundo.

Venga va, hagamos un esfuerzo por hacer feliz a la gente que está al lado y hacer de este un mundo un poquito menos gris y cabrón, que si nos fijamos sólo en la mierda pues acabaremos siendo una mierda. Críticos sí, pero de los que quieren hacer que las cosas cambien. Y es mucho más fácil cambiar algo para bien cuando se sonríe. Y si no, pues ponte esa canción a todo volumen y prueba a mostrar la caja de dientes.


domingo, 23 de diciembre de 2012

De aromas y conciencias


Supo que estaba en la habitación antes de apretar el interruptor de la luz. El aroma del eterno puro que se asomaba debajo del mostacho, avisaba de su presencia. Debajo del mostacho, se asomaba, como un apéndice inevitable.

Le gustaba imaginar a las personas antes de cada encuentro, una especie de proyección mental de lo que iba a ocurrir. Lo vió, con ese bigote gris amarillento, bigote fiero, mostacho anacrónico. Era una declaración de intenciones, una mata de pelo que hacía las veces de señal de advertencia. Su mostacho te decía miles de cosas según su posición. Finalmente oprimió el botón que daba la corriente y se hizo luz. 

Te lo ibas encontrando poco a poco. Primero el aroma, luego el humo serpenteando seductor, más tarde el propio puro, el mostacho...Mientras sus ojos se acostumbraban al repentino ataque de luz pensó que era una cuestión de irlo descubriendo poco a poco. Era un rostro que había que conocer a base de pistas, una tras otra, un baile entre Sherlock y  Moriarty.

"Anunciaron agua y cayó mierda". Lo dijo con su acento cubano, jugando a bailar con cada una de las palabras. Con los cubanos es común el error de no saber distinguir tonos. Él si sabía y a pesar del acento dulzón, tuvo que tragar un par de veces antes de responder mientras notaba como una única gota de sudor helado, acuchillaba su nuca. "Háblame claro, puto imbécil" Lo dijo con una valentía que no sentía y su interlocutor lo percibió, vaya error de novato.

Una vez más, lento, saboreando cada palabra, y sin siquiera soltar el puro le respondió. Se le veía disfrutar con la situación, era el dueño de un lugar que no era suyo. "Estás bien jodido, compadre. Bien jodido" Una pequeña pausa, una calada grande al puro, manejando el tiempo. "Tienes que aprender que cuando uno jode al Señor Mendoza, el Señor Mendoza le joderá doblemente". Hablaba de él en tercera persona desde que alguien le dijo que Julio César también lo hacía. Maldito zumbado psicópata.

Midió la distancia que había desde su posición hasta la puerta de salida. Calculó que tardaría unos cinco segundos en alcanzarla, demasiado tiempo. QUiso entretenerle: "No puedo hacer lo que me pides, cuestión de lealtades, aunque tú de eso no tienes ni puta idea". Una vez que sabía que estaba todo vendido le daba igual. Pocas cosas había hecho bien en su vida, ahora que tocaba acabarla quería hacerlo en paz con el mundo y consigo mismo. Sin testigos, sin parafernalias. Solos él y su mierda de vida, que estaba allí tranquilamente sentada en forma de puro y de mostacho. 

Luego su mente, siempre dispuesta a jugársela en los momentos clave, empezó a divagar. Y palabras grandes se mezclaban en un diálogo interno. Y redención y oportunidad quedaron como vencedoras en un combate silencioso, de argumentos y contraargumentos. Y cansancio, cobardía y miedo quedaron derrotadas en el rincón oscuro y se fueron a reunir con la envidia, la codicia y otras que tantas veces salieron vencedoras pero que ahora quedaban en el recuerdo para una conciencia que tantas veces pesó tanto que costaba soportarla por las mañanas, cuando el despertador le recordaba con un grito monocorde todo aquello que había querido matar la noche anterior en otro baile, más feo, más sucio, en barra de bar. Whisky y conciencia. Sólo había un bailarín al final de la noche. 

Tantos esfuerzos por olvidar que acabó olvidando quién era. Era el momento de revertirlo, por sí mismo. "No te voy a dar los nombres" ahora sí habló tranquilo. No necesitó de improperios para reforzarse, pues esta vez habló con serenidad, como sólo pueden hablar los que firman su propia sentencia de muerte. Los que eligen el sitio y la hora, y los que mueren con la conciencia de pie. Se acercó a la mesa despacio, cogió un puro, lo puso en sus labios y lo encendió. Ya esta listo.

Mendoza le miró, inicialmente sorprendido, pero luego lo comprendió. Mendoza era una paradoja, pues a pesar de no ser detentor de sentimientos comprendía los ajenos con un simple cruzar miradas. Y en la mirada del sujeto que tenía enfrente vió determinación y tranquilidad. Había gente que sabía morir y eso Mendoza lo apreciaba. Oprimió el gatillo tres veces, dos en el pecho y una a la cabeza. Estuvo contento de mandar a un tipo con esa mirada al otro barrio.

Y le vino a la mente la frase famosa del Comandante. Y entendió que arrodillarse era sólo una cuestión de conciencia. Es ahí donde somos libres o esclavos de nosotros mismos y la mierda, propia y ajena. Mendoza se encendió otro puro. Salió de la casa y apagó el interruptor.

El aroma del puro permaneció.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El monstruo de mil cabezas


El monstruo de mil cabezas

Sir Ryan partió ilusionado del castillo. Había sido nombrado caballero del Rey Generoso aquel mismo día y acudió raudo a las dependencias del castillo donde un secretario le debía expedir el título que le acreditaba como tal y pudiera partir a la búsqueda del monstruo para así matarlo y desposar a la princesa. El secretario (entre una nube de legajos y una horda de ayudantes que jugaban a los dados) le respondió que aún quedaban dos años para poder darle el título, pero que ejerciera como caballero con un resguardo que él mismo "por su generosa disposición" le tendió con un ligero desprecio. A Sir Ryan no le afectó. Por fin era caballero, su ilusión. Estaba listo y preparado, quería la cabeza de ese monstruo.

Pero aún le faltaba la espada. Para ello acudió al Herrero Real. Para su sorpresa el herrero estaba ausente, desayunando. Volvió al siguiente día y el Herrero Real le atendió. Al Herrero le rodeaba una corte de aprendices, escuderos, pajes y bufones. Sir Ryan no tenía palabras, ¿cómo pueden vivir tantas personas de la protección de un simple Herrero? Apartó el pensamiento de su cabeza y con voz segura y educada le pidió al Herrero Real su espada de caballero. El Herrero con voz desganada le contestó que necesitaría un par de meses para estudiar su solicitud. Sir Ryan volvió a casa decepcionado aunque seguía soñando con matar a ese monstruo asqueroso que amenazaba las tierras del Rey Generoso.

A los dos meses regresó a la búsqueda de la espada. El Herrero le pidió esta vez el certificado de su título de caballero. Sir Ryan le replicó que el Secretario no se lo podía entregar hasta pasados dos años. El Herrero, de repente, había desaparecido. Al parecer sufría un ataque de hambre y había salido a desayunar. Sir Ryan esperó, cada vez menos paciente. A la vuelta le puso el resguardo en las narices al Herrero y le exigió esta vez su "maldita espada que lo único que quiero es cazar al puto monstruo". El Herrero accedió pero sólo si le entregaba copia certificada que su montura fuera pura raza española, para ello debía elevar una petición a la Real Casa Ecuestre, dirigida por el hermano del Rey Generoso, que estudiaría su petición y le contestaría en el plazo de un año (prorrogable por desayunos imprevistos).

Sir Ryan presentó su corcel en la Casa Ecuestre y cuál fue su sorpresa al ver que un campesino con una bolsa de dinero salía de allí con un cerdo acreditado como caballo pura sangre. El hermano del Rey Generoso le recibió tras unas horas de espera porque, curiosamente, estaba desayunando. Un vistazo rápido del hermano del Rey y unas palabras en voz baja a uno de los ayudantes sirvieron para calificar a su brioso corcel como "inadecuado" para un caballero. Debía invertir en un nuevo corcel. Para ello debía acudir a otro departamento de la Casa Ecuestre convenientemente llevado por el primo del Rey Generoso y aportar tres cerdos y dos gallinas de las que no disponía.

Seis años después, con la visión nublada, los dedos temblorosos y cientos de millones de trámites Sir Ryan creyó ver el monstruo en el Herrero y sus bufones, el Secretario y sus pajes, la Casa Ecuestre y el Rey Generoso y sus familiares. Era un monstruo de mil cabezas y que amenazaba al reino. Se forjó su propia espada y degolló uno tras otro a todos ellos.


Toca echarle huevos





Es noche cerrada, oscura. Resulta extraño porque no se vislumbran nubes y, sin embargo, la luna no brilla ni ilumina. "Parece que se levantó tímida esta noche" piensa Pepe mientras baja del camión, ya descargado de las últimas existencias.

La negrura del bosque facilita su tarea y acompaña su estado de ánimo. No quiere mirones de última hora. Cierra la puerta del camión y se dispone a adentrarse en la arboleda. Para en seco y suelta entre dientes: "Carajo". Lo dice bajito, es sólo para él. Vuelve al tráiler y saca de la guantera un objeto metálico, cuyo peso y tacto frío le reconfortan. Es cosa hecha.

En cuanto comienza a andar, su mente lo hace con él, y se encamina hacia los acontecimientos de los últimos días. Saca un papel del bolsillo trasero de los vaqueros gastados. Es un albarán que en el reverso tiene anotados con guiones su última lista. A Pepe siempre le ha gustado hacer listas. No tiene buena letra pero está orgulloso de su manera de trabajar y cuando le preguntan siempre contesta lo mismo "la clave está programar bien la ruta, si está bien hecha las cosas salen rodadas" y siempre se ríe de su propio juego de palabras, defecto de profesión.

Va leyendo la lista y diciendo mentalmente "hecho" en cada guión. Dejarle las últimas flores a la Paqui en el hospital, tomarse una última cerveza con Manolo, ese viejo canalla y cabrón que se sabía como la propia palma de su mano las carreteras recomendándole las mejores ventas y otros lugares menos decentes para hacer lo que él llamaba "estación de penitencia". También habían quedado escritas las cartas correspondientes y sacado el poco dinero que le quedaba, lo había metido en un sobre y se lo había dado en mano al propio Manolo. Era un canalla pero se fiaba de él. Le dió las instrucciones necesarias: "cuando todo esté acabado, recoges a Laurita y la llevas con mi hermana".

No le costó nada tomar la decisión, estaba en un estado de calma desde entonces que le relajaba. Justo iba a disfrutar de la vida cuando había decidido que no seguiría en ella. Irónico. Pero estaba ahogado, no había salida y sobre todo estaba cansado, muy cansado de bregar con médicos, banqueros para renegociar las letras del tráiler y deudas y más deudas. De hacer kilómetros en el volante, con la Paqui en cama y sin ver a su pequeña. Y el patrón le dice que lo siente que ya no va a haber más salidas ni más camión ni más nada. Pepe no le culpa, al patrón le gusta la pasta, pero es un buen tío, es un tío honrado y además empezó también en la carretera y sabe de lo que habla cuando manda. No es culpa suya, no es culpa de nadie.

El plan es dejar a la Paqui una pensión de viudedad, si es que algún día despierta, y a su Laurita, a su pequeña, con su tía que la educará bien, sin lujos pero con un plato de comida caliente al día.

"Está todo hecho" se repite. Continua la marcha y busca un claro, apartado de la carretera. Se siente frío, como si pudiera verse a sí mismo empuñando la pistola. No tiene miedo, no tiene ningún miedo. Comprueba el cargador, retira el seguro. "Ahora toca echarle huevos" se dice mientras se introduce el cañón en la boca. Sabe a metal, sabe amargo y sabe a muerte. Y no sabe a echarle huevos, sabe a quitarse de en medio, sabe a cobardía. Pepe ya lo sabe y por fin rompe a llorar. 

Llora y llora. Y llora por lo que ha estado a punto de hacer, llora por su enana, por la Paqui, llora por el cabrón canalla de Manolo, por su patrón honrado, por su camión con letras y por su hermana y llora por las ventas y por las carreteras y las rutas que programa. Pero no llora por él. Eso ya se acabó. 

Pepe se ha subido al camión, ha cerrado la puerta y se ha adentrado en la carretera.

La noche es menos oscura y la luna menos tímida pero Pepe no ha cambiado de frase: "Ahora toca echarle huevos".



viernes, 14 de diciembre de 2012

El mejor regalo del mundo


El mejor regalo del mundo (cover de Cortázar)

Cuando te regalan un cuaderno no te regalan una simple unión anillada de hojas de papel, te regalan mucho más que eso. Te regalan un espacio infinito donde vaciar pensamientos e ideas, donde plasmar ilusiones y miedos. No sólo te regalan cuadrículas vacías con una cubierta más o menos elaborada. También te regalan la obligación de rellenarlo, esa bendita obligación. De esforzarte en mejorar tu letra porque es nuevo y te regalan un espacio donde utilizar tu mejor pluma. Te regalan el respetar la pureza de su blancura o la capacidad de ensuciarlo y perder el miedo. Te regalan la ilusión de empezarlo, niño o viejo, y hacerlo tuyo con tu nombre en la primera página, y de poder olerlo y saber que es nuevo y que te pertenece.

Cuando te regalan un cuaderno te regalan el poder expresarte sin tener que justificarte, a poner un pedazo de ti en él. Te regalan el poder de dibujar en él, de soñar y de crear. Te regalan el poder escribir poemas que nunca mostrarás a nadie. Te regalan la facultad de enseñárselo a quien quieres y abrirte o de no hacerlo y de ser egoísta y reservado.

Te regalan el poder hacer listas infinitas de sueños y objetivos a realizar y el pelear por cumplirlos. Te regalan la obligación de ser creativo y de no poner obligaciones en ella. Te regalan un espacio donde ser libre y donde volver a ser niño. Te regalan el atreverte a escribir canciones y de dibujar plazas y calles, mal dibujadas. Te regalan el dejar de ser ciego y la capacidad de ver el mundo con tus propios ojos.

Cuando te regalan una libreta, te regalan el valorar cada página que uses, el rellenarla despacio. 

No lo sabes pero cuando te regalan una libreta, te están regalando una parte de ti a ti mismo.

martes, 11 de diciembre de 2012

La sirena más silenciosa del mundo


Cuando su mundo se derrumbaba y la vida parecía caer destrozada en pedazos, Ana siempre acudía al mismo sitio. Era una cala olvidada por los constructores y otros vampiros de la costa, su pequeño rincón del planeta.

Era su salón de juegos y las imágenes de su padre siempre quedarían asociadas a ese lugar, como las olas, las rocas y la arena. Y su olor. Su padre olía a mar y a tabaco. 

Tenía la nariz aguileña, la camisa abierta y la piel negra, castigada por el sol. Y una sonrisa que era la de un lobo.Un lobo que siempre parecía estar jugando. Supuso que otra gente no vió al lobo sonriente, y por un momento sintió miedo.

El juego siempre era el mismo: ella era la sirena y él el pirata bueno que la salvaba de las garras de innumerables y cada vez más exóticas criaturas malignas. A veces recordaba los días según la hazaña que acometieron y eran recuerdos tan reales para ella como cualquier otro. Como aquella vez que por fin consiguieron dar caza, tras una semana de agotadora búsqueda y batalla, a un magnífico ejemplar de dragón marino. Le parecía oír las órdenes de su padre-pirata mientras le clavaba el arpón de acero a la bestia y gritaba de triunfo y júbilo como sólo se grita en los sueños que se viven despierto.

Una salpicadura de agua helada le devolvió al presente. El mar, casi negro en esa época del año, rompía con violencia contra las rocas. Era fuerza y puro movimiento. Ella siempre lo imaginó como una batalla eterna, el mar poderoso,invencible e inflexible, las rocas inamovibles, viejas y firmes. Eran dos guerreros mitológicos y ella una espectadora ocasional que usaba su piel de sirena para que no les atacaran, ella era de los suyos.

Recordaba a su padre allí, la tarde antes de que se lo llevaran. Le habló de gente peligrosa y de deudas, le habló de errores del pasado, fantasmas y remordimientos y de cientos de cosas más. Era incapaz de recordar el qué, sólo recordaba el sonido de su propio llanto, la propia desesperación. Le dijo que cuidara a su madre e intentó que cantaran una última vez la canción del pirata. 

Ana no consiguió entonarla pero a veces le parecía oír la voz grave y atronadora de su padre cuando el mar rugía con fuerza . Ese día la cantó con demasiada firmeza y seguridad. Entonces supo que esa canción no era para ella. Sonó a grito al mar, a desafío del hombre que ya nada teme. Y ahí fue cuando Ana se asustó. Solo cantan así los que ya no esperan.

Quiso, en su inocente visión del mundo, que se escondieran para siempre allí. "Papá nunca nos encontrarán, viviremos aquí y todo será perfecto" "Papá prometo ser la sirena más silenciosa del mundo".

"Joder, joder" No conseguía recordar su cara. Se odió. Cerró los ojos con fuerza, hasta que se hizo daño. Trataba de verle y no podía. Sintió frío. Se subió la capucha de la sudadera y se abrazó. "¿Dónde estás pirata, dónde estás?" Él sabría lo que hacer, él siempre lo sabía. 

Ella sólo quería ser la sirena más silenciosa del mundo. 



lunes, 10 de diciembre de 2012

Paco


PACO

Paco es camarero. Lleva camisa de manga corta de color blanco que un día fue inmaculado, pero que ahora luce tres o cuatro manchas de grasa. Es bajito, de piel morena y cara nervuda. 

Empezó a trabajar desde muy joven y ahora es el encargado de un bar. Es un bar sin pretensiones, sillas y mesas de madera y cartas plastificadas donde el plato estrella es el montadito. Una barra de madera, vieja y sólida, domina todo el bar, y ahí es donde Paco imparte sus lecciones vitales.

Hay dos rasgos que me llaman la atención mientras le miro disimuladamente desde mi escondite en la mesa de la esquina: sus manos y sus ojos.

Sus manos son sorprendentemente grandes para su estatura. Son manos largas, de dedos anchos. No le ves un anillo ni una pulsera, son manos sin concesiones. Parecen manos torpes hasta que las ves en movimiento, tirando una caña. Entonces esas manos se lucen y se transforman en las manos de un artista. Normalmente las sirve de dos en dos, apoyándose los vasos en la palma de una mano, mientras con la otra acciona el tirador. Lo hace con suavidad, sin prisa y confiadamente. Mirar las manos de Paco relaja. Transmiten serenidad porque sabe hacia dónde dirigirlas cada segundo. Pienso que serían buenas manos para ser pintadas por algún artista que lo sepa captar. Maldigo mi inutilidad para la pintura y me acerco a la barra.

Paco es un camarero de los de antes, de los que te habla de usted aunque te doble en edad. Sabe manejar a los clientes que tiene y es consciente que su profesión va más allá de la de servir cañas. Habla con los clientes y sabe lo que cada uno quiere oír y lo que es aún más importante, cómo necesitan ser escuchados. En este mundo donde todo va rápido y nadie presta atención a lo que dices, un camarero es un oasis para todos aquellos que tienen algo que decir. En la barra habla de fútbol, de política y de religión, ejerciendo el papel de moderador entre los habituales. Cuando alguno se excede, Paco le reprende o simplemente le relaja con una caña tirada como sólo la sabe tirar él.


Me imagino cuántas cañas habrán tirado ya esas manos, mientras la voz del propio Paco me saca de mi ensimismamiento. "¿Qué va a ser caballero"?. Le pido dos cañas y observo el desarrollo del ritual de Paco. Cómo se nota lo que disfruta en su trabajo. Siempre atiende con una sonrisa en la cara que te lo demuestra. Es una sonrisa franca, ancha y sin dobleces. Una sonrisa cercana y amiga. Con sonrisas así se rompen las tiranteces en un instante. Te hace sentir cómodo antes siquiera de dirigirte la palabra. Reflexiono sobre las horas que invierten las empresas en cursos de formación de cómo atender a un cliente y me río por dentro pensando que Paco consigue en un gesto natural lo que a ellos les cuesta años y varios tomos y presentaciones Power Point y algún que otro término inglés que suene rimbombante. A veces el ser humano es realmente estúpido.

Luego está el otro rasgo inusual en su fisonomía: dos ojos color azul grisáceo hundidos en dos cuencas con constantes ojeras. Paco siempre tiene cara de cansado, su oficio es sacrificado. Pero encima de esas ojeras y debajo de las cejas gruesas y pobladas, te encuentras sin previo aviso con dos chispazos de inteligencia, de dominio y de señorío. Esos ojos te dicen que la barra es el territorio de Paco y aquí se juega con sus reglas.

Con pequeños gestos domina todo lo que hay a su alrededor, conoce su oficio, lo ama y consigue crear el clima perfecto. Se ven caras de angustia al entrar y relajadas al salir. Nunca al revés.

Me gusta el bar de Paco. Todo está en orden bajo sus expertos ojos grises y su camisa llena de grasa, su sonrisa profesional y sus consejos que suelta con un sentido común del que no pregona. Es servicial sin ser servilista, te trata como un igual con respeto. No lo conozco fuera del bar pero me juego la próxima cerveza a que es un señor de los pies a la cabeza.

Por la gente como Paco.

Hoy va ser un gran día



HOY VA A SER UN GRAN DÍA

Abres un ojo mientras escuchas una música a todo volumen. Tardas un par de segundos en reconocer que esa música es tu despertador. Lo apagas, mientras te escribes en una mental que debes cambiar de canción para el despertador porque ya has conseguido aborrecer esa que tanto te gustaba. En el mismo movimiento de mano, de difícil ejecución pero que te supone un puro reflejo por las veces repetido, enciendes la luz y vuelves a meter la mano debajo de la calidez del edredón. 

Notas una cierta molestia mientras tu pupila se reduce a un minúsculo punto negro. Tu otro ojo se resiste, parece que es igual de perezoso que tú a la hora de empezar el nuevo día. Finalmente tu cerebro adormecido se impone y consigues que la orden emitida se haga efectiva. Luego el resto de tu cuerpo. Te estiras un poco y arrugas la cara entera. Sueltas una especie de suspiro que se mezcla con un bostezo y lo deja en un sonido gutural. Piensas que recién levantados somos un poco menos evolucionados y civilizados de lo que nos creemos ser. 

Te liberas del abrazo suave y mortal del edredón. Sabes que es el asesino de voluntades y metas más sigiloso y efectivo del mundo y que todas las mañanas se produce este combate en cada una de las camas del mundo con distintos resultados. Hoy te sabes ganador y lo celebras con una sonrisa que, por ser demasiado temprano, se queda en una mueca.

Te sientas al borde de la cama y por un segundo piensas en la dualidad de ese maldito edredón, que por las noches te da calor y cobijo y en las mañanas se convierte en tu peor enemigo.

Cuesta irse de su lado. "Te echaré de menos" le dices mentalmente mientras te preocupas por saber si tienes demasiada imaginación. Notas el cambio de temperatura e imprecas en voz baja, siempre lo misma frase, como si fuera un ritual "Joder, qué frío". Al mismo tiempo abres el armario y coges una camiseta que te enfundas rápidamente. 

La misma operación de siempre. Despensa, coger café y leche abrir cafetera, calentar leche. Es el número máximo de acciones de las que te sabes capaz a esa hora. Pones la cafetera en el fuego. En este momento entiendes lo que es un encefalograma plano, que empieza a curvarse en cuanto el aroma a café inunda la cocina en tu rescate.

Coges tu taza preferida. Siempre es la misma y no sabes por qué. El día que no está te molesta, el día comienza torcido, se rompe la rutina y tu cerebro no sabe asimilarlo. Piensas si eres un maniático pero, qué cojones, es mi taza favorita. Con eso no se juega. La proporción de café y leche varía mínimamente, pero siempre pones un poco más de café una vez servido. Te sabes carajote y se lo reconoces a la taza, mientras le pones un poco más.

"Hoy toca desayuno de los campeones" te dices mientras sacas un cigarro de la cajetilla. El primer sorbo y la primera calada del cigarro son uno y se fusionan dándole a tu cerebro el primer soplo de vida desde que te despertaste. Notas como tu cuerpo empieza a carburar. Disfrutas del momento y saboreas la negrura del café y su gusto amargo y la sensación de humo en los pulmones. Luego habrá más cigarros a lo largo del día, pero con la lentitud y el placer de ése no hay ninguno. Ojalá sólo pudieras fumar ése. Maldita nicotina. 

Piensas en comer algo, el desayuno es la comida más importante del día te repiten siempre. Pero parece que a tu estómago alguien le ha echado el candado e incluso aquello por lo que matarás dentro de unas horas ahora sólo te produce una sensación de fatiga.

Subes y te das una ducha. De agua caliente al principio y un poco fría al final. Te aclara la cabeza y te despeja el pensamiento. Vuelves al cuarto, compruebas que está todo en orden, enciendes el portátil.

En el tiempo que tarda en arrancar, te sientas en la silla, estiras las piernas y la espalda, enciendes un segundo cigarro y abres un documento en blanco. Todo en uno. 

Ahora sí que sale la sonrisa amplia, satisfecha. Has ganado la batalla matutina, el resto es pan comido. Pones una muesca en tu cuenta mental de victorias mientras te dices mentalmente que hoy va a ser un gran día.

Bienvenidos al idealismo práctico



BIENVENIDOS AL IDEALISMO PRÁCTICO

"Sorprende ver que la juventud haya renunciado a sus ideales". 


La primera frase es cita y homenaje (homenaje a un niño tétrico que ahora vive en el cuerpo de un periodista de zapatos nuevos y cita de un señor muy sabio que quiere que le sorprendamos y nos lanza el reto).


Generalmente podemos identificar a dos tipos de personas: los prácticos y los soñadores, el idealista y el materialista, los que actúan y los que opinan cómo se debería actuar.

El idealista, por tendencia general, asume su papel de caballero justiciero de la sociedad. Critica, ataca lo establecido y desarrolla sus ideas, pero en un plano reducido. Quizá las expanda hacia los que tenga más cerca de él, haga un proselitismo de su ideario con esperanza de regar otras mentes para alcanzar esas cotas de perfección que tiene proyectada en la suya propia. Sin embargo, el idealista sufre del síntoma de la inacción permanente. El mundo ha establecido sus reglas y tras X tiempo de lucha, el idealista, amargado, cansado, hastiado, envejecido, se sume en un estado de ostracismo total, encerrado en su propia jaula de ideas cojonudamente inútiles.

El idealista ineficaz, el idealista cansado, buscará como buscan los elefantes viejos, compañía para acudir al cementerio. Y sus ideas mueren junto con las de otros, en formaciones políticas igual de ineficaces que sus ideas, o quedan para siempre atados a la triste condena de la barra de bar y del discurso vacío de contenido que suelta de memoria, en una suerte de panfleto memorizado y reproducido hasta la saciedad, que suena a disco rayado.

Nada más triste que ver que un idealista frustrado. Ellos siguen utilizando palabras como Sistema (concepto refugio de cobardes que no toman las riendas de sus vidas), justicia o igualdad, pero los oyes y sabes que ni ellos mismos se creen lo que dicen, las usan sabiendo que es sólo una pose, las usan sin merecerlo, porque no han sudado esas palabras.

Los idealistas son los niños que sobrevivieron a la infancia y siguen persiguiendo sus sueños. Pero parafraseando a un irlandés que una vez escribió y se murió por ser idealista, no cuentan con que las pesadillas también son sueños.



El práctico se levanta cada mañana y no se pregunta el por qué. Es feliz, tal y como las cosas son. El práctico disfruta de su vida, sin preguntarse el qué puede cambiar para que vaya a mejor. Los prácticos prefieren acciones a discursos, cuentas corrientes en saldo positivo que dilemas metafísicos, y sus grandes palabras suenan como tangible, interés o activos. Son felices, pero no hacen de este mundo un mundo mejor porque no se plantean que esté mal diseñado. El práctico es un niño que creció y vio que sus sueños eran sueños, asumió ese Sistema y trabajó duro en él.

Propongamos una tercera vía, el híbrido perfecto, el que hace de Juez y parte, el Superman de los Idealistas, el Principito de los Materialistas: el idealista práctico.

Si es necesario el idealista práctico colgará el cóctel molotov y la pancarta (léase en sentido figurado o literal, según el caso), ocupará su silla en la universidad, cambiará la palestina por el traje, leerá lo máximo que pueda, estudiará para ser el mejor, trabajará duro, trabajará muy duro. Y usará el Sistema, se beneficiará de él para llegar a ser el mejor.

Y cuando sea el mejor gozará de Poder para desarrollar sus ideas. Utilizará las armas que el mismo Sistema le proporcionó para cambiarlo desde arriba, dictando leyes justas de manera legítima, explicando sus cambios, proporcionando igualdad a sus trabajadores como directivo de éxito, imponiendo un sistema retributivo justo.

No vale gritar y no hacer nada, no queremos acabar como esos elefantes moribundos que nos hablan de ideales que no se creen. No dejemos de ser los niños de la sociedad, pues hacemos falta. Seamos los mejores en lo nuestro, sin olvidarnos por el camino.

Bienvenidos al mundo del idealismo práctico. Tiembla, mundo tiembla. Tiempos mejores están por venir y tú y yo los lideraremos.

Y así podré empezar el siguiente escrito así: "Sorprende ver como la juventud ha conquistado sus ideales".